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Definición de la quintaesencia del erotismo:
De nuevo, Scarlett Johansson, desafiando a un lerdo con ínfulas de grandeza.

Radio Futura Luna de Agosto
Estábamos sentados en un banco de la calle León, las cinco de la tarde, la sombra de Agosto era realmente bochornosa. Un tipo enjuto se acercó a nosotros.
- Hola chavales, ¿ Tenéis algo que hacer esta tarde?, ¿Queréis ganaros un dinerillo?.
Lo miramos con expresión semejante a la del jardinero que contempla una mierda de perro en el rosal que acaba de regar. Era uno de esos posmodernos con el pelo cardado y la cara forrada con polvo de arroz, nosotros, unos críos de catorce años capaces de estirar un billete de mil duros durante tres semanas.
- Claro- dijo J, yo guardé silencio, recreándome con la vestimenta finisecular del hombrecillo, realmente era un proyecto malogrado de Robert Smith.
- Mirad, voy a inaugurar un bar y necesito que os deis una vuelta por ahí y colguéis unos carteles, sobre todo por la zona de Cantarranas y Portugalete, entráis en los locales, pedís permiso en la barra y pegáis los carteles, ¿De acuerdo?
- Claro- respondió J.
- Bien, aquí tenéis el taco, y un rollo de celofán, a la vuelta os pago, venga, a currar.
Al doblar la esquina con los carteles bajo el brazo ya nos estábamos relamiendo de felicidad. Nos habíamos caído de un guindo sin un duro en el bolsillo, estábamos atrapados en una ciudad de provincias desierta, dentro de una tarde infernal que para colmo se había presentado con las galas de las anteriores, bolsa de pipas y paquete de Fortuna a medias, un panorama tan desolador que a veces nos incitaba a añorar la rutina de las clases, pues por no tener, ni tan siquiera teníamos uno de esos pueblos de mala muerte a los que emigraban los integrantes del resto de la pandilla.
Con este panorama, y tras el encargo, aquella tarde se había convertido en extraordinaria ya que el trabajillo nos dio licencia para entrar en todos aquellos bares cuya entrada aún no se nos permitía por razones de edad. Siempre mirábamos de soslayo aquel mundo prohibido, los bares de finales de los ochenta, en donde gente con mucha alegría en la cara se apostaba en las puerta para consumir cerveza, sobre todo cerveza, en medio de la calle.
De manera que nos metimos en todos aquellos locales que mirábamos de reojo cuando volvíamos a casa con la hora pegada al culo, después de haber estado matando marcianitos en las salas recreativas del centro. Y además fuimos muy diligentes, creo que no nos dejamos ni un solo bar por el camino, el peregrinaje nos dio motivos para comentar luego, aunque no muchos, todos los locales presentaban idénticos síntomas de primera hora, olor a desinfectante, serrín fresco en el suelo y poca parroquia.
Al final nos sobraron tres carteles que quise inocentemente arrojar a un contenedor, aunque J. me advirtió que era más conveniente devolverlos para no levantar sospechas, por aquel entonces era el más espabilado de los dos, también el más afortunado, siempre encontraba más pipas peladas que yo en las bolsas de Facundo….

Tindersticks El diablo en el ojo
Con las sobras del verano me construiré un calendario, lo pondré bajo un pisapapeles y luego orinaré encima de él hasta empaparlo de acetona, viviré hasta entonces lejos de la gasolina o el repiqueteo del móvil.
Luego vendrá septiembre, el incontenible viento, el Jazz, los ojos de Michael Corleone al descubrir la traición de su hermano Fredo. Morrison hundirá su cabeza bajo el agua de la bañera y se terminarán las luces prolongadas, los vestidos de gasa, las sandalias del pescador y las rodillas oscenas.Un ejército de sirenas tomará la calle, regados de vino intentarán abordar a miss camiseta mojada, que tiene cáncer de mama y un hermano de misión en Afganistán.
El suéter del bigardo hiede a sudor, cómo apesta el verano y sus habitantes, las nenas resobadas se estimulan con pellizcos de alcohol y a los nenes no hay quien los haga callar, aún peor cuando vocean descamisados.La comunión de los mudos, ¿dónde está?, la inmunda apatía de los resabiados ¿quién la alimenta?, por mí que se vaya todo al garete, que al volver no haya calles, ni prisas, que las sirenas muestren sus pechos y no paseen disgustos por cada esquina.
Tropezaré sobre las alfombras rojas del otoño, como siempre ocurre, celebraré la llegada del invierno con un buen resfriado. Cuando los pájaros me dejen dormir veneraré al silencio como aquel que en vez de hablar golpeó, eran otros tiempos, las mentiras sabían a gloria, la gente no era tan hija de puta, debajo de la harina asomaban las zarpas y la mierda no venía empaquetada con perfume de rosas.
Me voy unos días, nos vemos.