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Una fábula

¿Hace cuánto que no os cuentan una?

Cuentan que en cierta ocasión un asirio fue a pedir trabajo como portero a la pirámide de Kefrén. El capataz que guardaba el monumento lo miró de arriba abajo.

-  ¿Sabes leer? – preguntó.

-   Lo siento – respondió el asirio – no sé leer.

-   Entonces tendrás que buscarte otro trabajo.

El asirio volvió sobre sus pasos y se sentó bajo la sombra de un árbol. Contempló entonces el flujo de visitantes que se reunían a los pies de la pirámide. Durante el día que paso allí vio transitar a mucha gente. Unos llegaban a pie, otros en lujosas comitivas, pero todos se quedaban boquiabiertos cuando aquella estructura se levantaba frente a ellos ocultando el sol.

Aquella noche el asirio se dispuso a dormir bajo el arrullo de las estrellas y cuando ya casi le vencía el sueño empezó a barruntar una idea. Se le ocurrió fabricar réplicas en miniatura de la pirámide, las vendería a los visitantes por pocas monedas y estos podrían llevarse a sus casas un recuerdo de su estancia en aquel lugar.

De manera que pasó la noche en vela, recogiendo barro para modelar una decena de pirámides en miniatura. Su idea fue todo un éxito, al día siguiente vendió el género por completo, así que el asirio pasó un mes entero desvelado, fabricando piezas para venderlas durante el día.

Con el dinero acumulado montó un humilde puesto a los pies de la pirámide, ahora las réplicas eran de mármol y tuvo que contratar a un ayudante para su manufacturación. Con la llegada del invierno había recaudado tanto dinero que compró y reformó un cobertizo abandonado junto a la base de la pirámide, en su día había sido destinado a almacén de herramientas para la construcción del monumento y su espacio era tan amplio que permitía la entrada de unas tres decenas de personas. 

El verano siguiente acaudaló cuatro veces la fortuna del anterior. Su tienda había alcanzado mucha popularidad, no solo vendía replicas de oro de la gran pirámide, también jofainas, esculturas y lujosas pedrerías. Ahora contaba con cinco empleados para su servicio y había premiado la fidelidad de su primer ayudante nombrándolo contable del negocio. El asirio había decidido formar una familia y contrajo matrimonio con una muchacha adinerada de los alrededores, lejos de preocupaciones acostumbraba a dar largos paseos durante la tarde.

Un buen día, paseando por la pirámide con su hijo recién nacido, se topó con el capataz. El hombre lo volvió a mirar tal y como lo había hecho años atrás, de arriba abajo.

-  Parece mentira – exclamó el capataz –, sin saber leer mira donde has llegado. A saber donde estarías ahora si hubieras sabido leer.

-   Si hubiera sabido leer ahora estaría en la portería de la pirámide señor.

 

Pink Floyd Another brick in the wall Pt2. 

Siempre he pensado que nosotros, los niños del baby boom nacidos en la franja de los setenta, hemos sido el motor de consumo de este País. En desafortunada consecuencia nos han marcado como objetivo prioritario de toda la publicidad que acosa por donde uno eche la vista.Los popes del marketing siempre han sabido anticiparse a nuestras necesidades de consumo y lo que es peor, se han inventado otras que sin ser necesidades lo parecen y engañan hasta al más pintado.

Echemos por un momento la vista atrás, empezaron con la Nocilla y el Cola Cao ( si no llevabas aquella camiseta del Mundial de Basket del 86 con dos jirafas pintadas eras un mierdecilla en el barrio ). Luego vinieron los de Danone, y allí nos veías a todos tajándonos los dedos con las tapas de los yogures para canjearlos por cromos en la panadería. La jodía botilde, el barco pirata de PlayMóvil, el Escalectric, las Nancies y las Barriguitas para ellas, fueron algunos de los instrumentos de distinción del niño español ya plenamente integrado en la sociedad del bienestar.Después vino la adolescencia, y quienes se dejaron seducir por las marcas y tenían padres permisivos llenaron sus armarios con aquellos famosos Levis 501 y las playeras Jordan, - por poner dos ejemplos de la pijotería de corral que ya coqueteaba con la juventud española - .

Entonces los niños del baby boom crecimos, excesivamente sobreprotegidos por nuestros padres, quienes evidentemente querían lo mejor para nosotros y pensaron que unos estudios superiores serían lo más adecuado para darnos una vida desahogada, así que todos en rebaño a matricularse en la Facultad más cercana. No miento si aseguro que por aquel entonces quien se decantaba por la F.P era visto como un cazurro, al menos eso nos hicieron pensar, pero el tiempo nos ha puesto a cada uno en nuestro sitio y los compas de la F.P son ahora los que mejor viven y mejor sueldo cobran.

De manera que España había parido una buena generación de médicos, abogados e  ingenieros en paro, pero las arcas de la Universidad quedaron llenas de por vida, las continuas reformas de esta institución lo demuestran, pero ahora tocaba desplazarse para encontrar ese trabajo digno que nunca llegó, y nos vendieron coches económicos pero sobradamente preparados, festivales de música multitudinarios y paraísos estroboscópicos para olvidarse de las penas.

Y ahora, amigos, nos acosan con los préstamos hipotecarios y un invento de última hora: los microcréditos, instrumentos que nos ayudan a mantener un tren de vida muy por encima de nuestras posibilidades. Me consta que hay gente que los pide para costearse unas vacaciones envidiables o para montar un bodorrio espectacular. En este sentido muchos han perdido ya la orientación y lo que es peor: el instinto de sacrificio que en su día invirtieron aquellos padres que supieron hacer de una gamba una ensalada de langosta. Aquí todo vale hoy en día con tal de llevar un coche molón y fardar en el curro a la vuelta de ese crucero por el Nilo. Ya sobre este punto no me pronuncio, eso de jugar con dinero que no es mío nunca me ha ido, el microcrédito no es mala idea si de él se hace un uso inteligente,  como por ejemplo costearse una operación de Urgencia que los ahorros no pueden abordar.

Pero bueno, supongo que en el plazo de pocos años empezarán a asomar por nuestros televisores los planes de pensiones, y eso que ya lo hicieron en su momento, pero se han retirado sospechosamente de la parrilla de consumo dado que los niños del baby boom no les hemos prestado mucha atención. Ahora estamos demasiado entretenidos con la hipoteca que  chantajea a diario nuestra existencia o maldiciendo nuestros trabajos precarios. Pero llegará el día y llenaremos en masa los geriátricos ( quienes lleguen claro está ) y entonces la publicidad dominante será la de baberos y tacatacas biónicos.

Al tiempo.

The Arcade Fire Ocean of  Noise 

Dice la Wikipedia que cuando David Bowie escuchó Funeral corrió hacia la tienda más cercana para hacerse con diez copias del disco y repartírselas a sus amigos. No nos extraña,  ¿verdad?, el caso es que a mí siempre me gustó la canción que cierra Funeral, fue la primera que escuché, y de ésta tiré del hilo para encontrarme con todo el conjunto, para colmo U2 abría su Vertigo Tour con Wake Up, una canción a la que siempre asociaré de por vida con los chutes de adrenalina.

Arcade Fire es un grupo que  sólo me disgusta por una razón: se adapta perfectamente a las exigencias del gafapastismo, y aquí entramos en un terreno delicado. Yo por sistema suelo huir de los ambientes bohemios, son tan cargantes como el humo con el que suelen acompañar sus reuniones, para mí tres son ya una multitud, el asociacionismo me da alergia, y esta gente tiende tanto a agruparse como a diluir el pensamiento individual en el colectivo. Su actitud me suministra dosis de aburrimiento extra, sobre todo si me vienen a dar lecciones ya trasnochadas con Arcade Fire, que les encanta, como también los tiros de cámara de Greenaway o los escorzos de cualquier soplapollas vanguardista.

Por todos estos motivos soy muy capaz de hacerme el estúpido frente a un gafapasta que me viene con la chufla de Arcade Fire o de Nick Cave ( a este último le acaban de descubrir ahora, hay que joderse ). En fin, que prefiero pasar por estúpido antes de que el gafapasta me dé la zurra, - pues no gafapasta – le digo, - no sé quien es Nick Cave ni conozco a Arcade Fire, tampoco he visto en la puta vida un cuadro de Pollock pero se me ocurre que eso del Action painting puedo hacerlo yo cuando vomito sobre el suelo inmaculado de un retrete, ¿no te parece tío?- entonces el gafapasta me mira de arriba abajo, un poco alarmado, y termina por marcharse a su avispero con el aguijón escocido.

Y bueno, ya no sé por donde me ando, me he desviado un poco, estaba con Arcade Fire y Neon Bible, esta noche no tenía nada claro lo que iba a publicar y así me ha salido, recogiendo la recomendación del loco he dejado arriba un tema de su nuevo disco para ver que os parece. Ala con Dios. 

Pink Floyd Another brick in the wall Pt1.

Alguna trastada debí cometer aquella mañana para quedarme sin recreo, ahora ya no me acuerdo, pero todavía estoy viendo a don Bonifacio con su prominente tripón y su mostacho leonino extendiéndome el dedo índice desde el quicio de la puerta.

 

 - No te muevas de tu sitio – exclamó, y acto seguido cerró la puerta del aula con llave. Entonces me quedé sentado en mi pupitre, dispuesto a desenvolver con resignación el envoltorio del bocadillo de Mortadela. Había un silencio sepulcral, apenas interrumpido por el jaleo del patio que se colaba entre unos ventanales tan altos que parecían tragaluces en lugar de ventanas.

 

Había pasado ya un cuarto de hora y me había dedicado a deambular por todos los rincones del aula, sentándome en la mesa del profesor, robándole un par de pinturas a mi compañero Rodrigo, incluso me había acercado al perchero empotrado para olisquear la bufanda de Isabel, mi primer amor.

 

En medio de aquella soledad tan sonora, deseando como nunca estar en el patio con mis compañeros, sentí unas irrefrenables ganas de mear. Atravesé como un tiro el aula y me acerqué a la puerta para accionar el pestillo, o llegaba pronto al urinario o me meaba los pantalones. Como era de esperar el pestillo no cedió, me acordé entonces de la madre de don Bonifacio y empecé a bailotear y a flexionar las rodillas como un poseso. El bailoteo no surtió efecto, un berrinche tampoco hubiera tenido mucho sentido sin testigos alrededor, en todo caso mi vejiga se había dilatado tanto que un dolor mortífero empezó a acosarme el vientre. Ahora estaba desesperado y examinaba el aula en busca de algún rincón en donde aliviarme a pesar de la reprimenda que me iba a caer. Reparé en la papelera que estaba junto a mi pupitre y  corrí hacia ella como una exhalación. Estaba pegada a la pared, rebosante de recortes de cartulina y lascas de pinturas de cera, revolví el interior con la mano para hacer hueco y a continuación me arremangué el babi por los bajos. Solté una meada tan caudalosa que en sus últimos estertores terminó por salpicar la pared encalada del aula, buena la había armado, una cuña de humedad con el perfil de una montaña se había quedado impresa en la pared.

 

Me senté de nuevo en mi pupitre, muy apesadumbrado. Volví la vista hacia la papelera, desde la distancia el manchurrón era aún más llamativo, quedaban dos minutos para que el recreo se terminara y estaba allí contemplando la meada con inquietud, no había solución, sólo restaba esperar a que pasara la última hora y volver a casa. Fuera sonó el silbato de recogida y en pocos segundos el aula volvió a ocuparse, aquel día habían pasado multitud de acontecimientos extraordinarios en mi ausencia, mis compañeros juraban que había sido el mejor recreo del Curso y que yo me lo había perdido, lamentablemente esta circunstancia se ha ido repitiendo a lo largo de mi vida, siempre que la pandilla se ha reunido sin mi presencia ha sucedido algo extraordinario, qué se le va a hacer… pero aquella mañana no me importaban los chismorreos del patio por muy extraordinarios que hubieran sido, tan sólo contemplaba mi meada de soslayo, muerto de miedo, mientras don Bonifacio deambulaba por los pupitres recitando un dictado.

 Cuando llegó a mi altura se detuvo un momento frente a la papelera de mi delito, me había pillado, examinó el manchurrón de la pared y al punto me miró, no dijo nada, siguió recitando el dictado consciente de que la había cagado encerrando a un niño meón en el aula.

 Al terminar la clase recogí apurado mis libros y me dispuse a salir con toda la premura que mi vergüenza me estaba proporcionando, don Bonifacio me salió al paso en la puerta:

 

-          ¿Podías haberme dicho que te hacías pis antes de quedarte encerrado?

 Yo no contesté, no tenía réplica, tampoco la sigo teniendo, pero aquel día aprendí una de las lecciones más instructivas que he recibido nunca por parte de un superior, ellos son tan patosos como los lerdos a quienes subyugan, también cometen equivocaciones, pero no pagan por ellas, nadie está encima de su cogote para imponerles un castigo o una reprimenda. 

 

Tim Burtom Vincent

Vicent es un niño normal a no ser por las fantasías que le obsesionan y le convierten en un ser huraño, el pequeño sueña con ser Vincent Price.….

  Nombre original: Vincent

Categoría: Cortometraje

Año: 1982

Duración: 6 minutos

Director: Tim Burton

Productor: Rick Heinrichs

Guión: Tim Burton

Reparto (Voz): Vincent Price (Narrador)

 

Pixies Where is my mind?

Tengo siempre montones de asuntos entre las manos colega, hago de todo, vendo humo barato por caro, y encima haciéndole creer al que lo compra que es saludable para los pulmones, en este trabajo la cosa es así, estafas y te pagan, lo que más me jode es que siempre hay que llevar la sonrisa puesta, aunque sea pintada, como la de los payasos, ya sabes, hay que abrirse al mundo, siempre hay algún infeliz al que endiñarle cualquier producto, los comerciales somos de otra pasta colega, estamos del otro lado, ¿me entiendes?, hay dos tipos de personas, los que venden y los que compran, ¿Quién crees que vive mejor?, pero por aquí la cosa va jodida, nunca he sido profeta en mi tierra, aquí no vendía ni peluquines para los calvos acomplejados, cuando el exiliado vuelve a casa sigue siendo un exiliado, es para escojonarse de la risa, hay gente que me ve y vuelve la cara, la puta envidia colega, la puta envidia, me joden estos chandalistas que no han salido en su puta vida del barrio, tú me conoces desde pequeño, siempre he ido a mi aire, no me caso con nadie ¿Cómo se llamaba esa monja que nos limpiaba el culo en la guardería?, joder, la de tiempo que ha pasado, ahora los niños no juegan en la calle, ¿Lo ves?, no se rebozan entre la mierda, así van por la puta vida, algunos parecen mozos viejos, nosotros sí que sabíamos, no quisimos ser como nuestros jodíos padres, ¿Tú te crees que yo valgo para consumirme en una fábrica?, ni de coña, yo necesito aire, estar en la calle, toma, toma, fuma uno de estos y no esa mierda, me los trae un socio de contrabando, mira, mira, mira esa gachi, joder que buenas se ponen con la primavera, si es que va uno conduciendo y se le van los ojos, yo paso, dejé a mi novia de toda la vida y no veas lo feliz que soy, se había puesto muy pesada con lo del matrimonio, ya ves, voy por libre,  ¡joder!, ya veo que la gente todavía no ha aprendido a conducir en esta puta ciudad, a ver qué tal esta noche, nos pegamos una buena juerga, como en los viejos tiempos, ¿Qué fue del Tito?, ¿Sigue metiéndose farla?, pobre desgraciado, no me has dicho nada del carro macho, mira, mira como ruge el cabrón, voy a poner un cedé para que veas como chuta el equipo, y bueno…¿A ti cómo te va?

The Verve Better Sweet Symphony

Estaba sentado en la sala de espera, hojeando un ejemplar de la National Geographic con las tapas sobadas. Llevaba en la sala un interminable cuarto de hora, la enfermera, muy aplicada y amable, me había invitado antes a esperar allí el resultado de las pruebas, mientras tanto el doctor, serio y reflexivo, se había retirado a los pisos superiores de la clínica con un montón de papeles entre las manos. Por los pasillos se adivinaba el traqueteo apurado del personal sanitario, olía a desinfectante, y a muerte, a veces pasaba algún paciente con el abrigo debajo del brazo, una bata blanca silbando o un chiquillo de la mano de su madreExaminé por enésima vez la decoración de la sala, en dos segundos había memorizado la estratégica ubicación del Ficus y el fetiche malísimo de Klint que presidía la pared derecha, consulté por instinto la hora y me entraron ganas de fumar un cigarrillo, me imaginé entonces la posibilidad de hacerlo y me regocijé con las consecuencias de un acto tan irreverente, me sonreí al imaginarme la reprimenda que me suministraría la enfermera, incluso cabría la posibilidad de que fuera expulsado al instante de allí, antes de que el cigarrillo mal apagado sobre el Ficus se consumiera.

Entretenido en estas bagatelas estaba cuando al cabo de otros diez minutos me pareció ver al doctor a través de la puerta, tenía el ceño fruncido y aireaba mis papeles con gesto de preocupación, junto a él estaba la enfermera, que asentía cabizbaja, y un auxiliar enjuto que se masajeaba la coronilla mientras examinaba con mucho interés mis resultados. Entonces advertí que algo iba mal allí fuera y por primera vez en mi vida pensé en la posibilidad real de la muerte, estaba aterrado, una mano helada me acariciaba la espalda, algo me atenazaba la garganta, un pedazo de lija, o de plomo, en medio de la confusión empecé a barruntar el tiempo de vida que me quedaba y entonces maldije mi suerte y contuve la respiración, después me froté enérgicamente los párpados, como queriendo despertar de la pesadilla que acababa de empezar, miles de estrellitas aparecieron en la oscuridad hasta que abrí de nuevo los ojos y volví a mirar el pasillo, ahora el grupo que blandía mis papeles era más numeroso, a la piña de batas blancas se había unido una pareja de doctores que por su aspecto debían ser peces gordos, gesticulaban y ejecutaban órdenes a sus subordinados, gente yendo y viniendo, caras largas,  la sospecha de que algo realmente terrible iba a sucederme se convirtió en certidumbre y entonces, movido por un desesperado impulso, lancé la revista sobre la mesa e intenté desprenderme del sudor pegado a las palmas de las manos frotándolas contra las rodillas del pantalón, me pareció advertir que la enfermera me lanzaba una mirada desde el pasillo, una mirada de conmiseración, su sonrisa de antes se había vaporizado y ahora meneaba su coleta resignada, mientras se encogía de hombros.El doctor parecía airado frente a su personal, sospeché que estaban repartiéndose entre ellos la responsabilidad de comunicarme la fatídica noticia. Un rumor eléctrico comenzó a ascender desde los tobillos a las rodillas, tenía mucha sed, una sed que no había sentido nunca con aquella intensidad, me apetecía beber un interminable vaso de agua fresca, que el agua se derramara por la garganta y me devolviera la vida que ya estaba dispuesta a consumirse,  me pregunté cuantos vasos de agua me quedarían por beber hasta el día de mi muerte y cuantos cigarrillos por fumar y cuantos polvos por echar, y mil conjeturas más hasta que pasados otros cinco minutos el grupo del pasillo se dispersó y el doctor entró en la sala. Yo estaba clavado en el sofá, con los codos sobre las rodillas, ni siquiera pude ponerme de pie, lo miré expectante, esperando por fin que me comunicara la noticia. 

-Bueno – exclamó – disculpe el retraso, le comunico que tiene usted un corazón de hierro pero ha habido un problema con la máquina y tendremos que repetir la prueba. ¿ Le importaría volver mañana para hacerle una nueva ?. 

El aliento que hasta aquel preciso momento se había quedado atrapado en mi garganta salió despedido, una bocanada de lija, o de plomo, que con su estampida me destapó los oídos, advertí al instante la presencia del hilo musical en la sala de espera, oculta hasta entonces en medio de la confusión y el desasosiego, reconocí la melodía, me era muy familiar, me puse a silbarla con toda la fuerza que mi corazón de hierro pudo permitirme y le di los buenos días al doctor.

 

Windows Vista

Bajo a la tierra y cambio de tercio para relajar el blog y  para comentar mi odisea personal con este dichoso sistema operativo, pero empezaremos por el principio, que todo tiene su razón de ser y este incidente no podía ser menos. Después de parchear mi querido PC de sobremesa con una placa de segunda mano, una RAM robada y una tarjeta gráfica con el ventilador cascado, el pobre diablo ha terminado por fundirse, y mira que lo he reparado veces, que le he metido caña a su procesador, que le he hecho mil chuflas en la placa y nada, un bendito jabato, pero claro, el pobre rendía en ocasiones al límite de sus posibilidades, últimamente era imposible trabajar a gusto con él, ibas a retocar una foto, a meterle un par de frases a esa novela que algún día será premio Nadal, y se quedaba bloqueado, inerme, agonizante…

Así que nada, llevaba apenas un mes de romería por todas las tiendas de informática y al final he optado por un portátil, nada de lujos, lo justo para poder trabajar a gusto, pues bien, he andado toda la tarde entretenido con el aparato y su atractivo sistema operativo del cual puedo extraer las primeras impresiones. Ahora viene lo bueno:

-          No me ha llamado nada la atención su diseño, hay un slide panel a la derecha al que no le encuentro muy bien el sentido y la interfaz de las carpetas es una tremenda pijada

-          El menú inicio es menos intuitivo que el XP, para usuarios lerdos será toda una odisea aprender a manejarse con él.

-          Si te abres cuenta de administrador el sistema te marea hasta la nausea cada vez que vas a hacer algo raro ( entre las alertas del antivirus y este detalle uno acaba hasta los cojones de darle permiso al sistema para abrir hasta una puta foto )

-          No arranca rápido y te come RAM de cojones, incluso en ocasiones le veo más lento que el XP ( agregar/quitar programas, por ejemplo) 

Así a bote pronto esto es lo primero que puedo decir, ya iré recopilando más impresiones, pero lo verdaderamente singular es la incompatibilidad con otras aplicaciones, con Office XP no he tenido problemas, pero ¡ay amigo!, quiero hacerme una copia de seguridad del sistema y no veo manera, normalmente uso Ghost para crear imágenes del disco duro pero no me deja instalarlo, luego voy a la página de Microsoft y me entero de que Windows Vista puede hacerte una imagen del disco duro con cuatro clics pero que eso es para versiones profesionales, mi versión (Home Basic o algo así) no me lo permite:HI-JOS-DE-PU-TA.Sobre el tema de las incompatibilidades con archivos descargados ningún problema, visualizo todo lo descargado anteriormente previa instalación de codecs claro, otro gallo cantará cuando pruebe NERO, que todavía no lo he hecho, fijo que no me deja instalarlo. Al menos chuta bien en red con otro ordenador que tira con XP y recibe la conexión principal de Internet.En definitiva, el portátil estaba de oferta y por cojones tenía Vista preinstalado, sino de qué, así que la solución en cuanto me tope con nuevos problemas es pegarle el formateo y vuelta a XP, pero antes de esto a ver como me lo monto para hacer una imagen del disco duro con Vista y los drivers originales.Así están las cosas, así se lo hemos contado.

 

Happy Mondays Kinky Afro

Se nos ponían los dientes muy largos viendo por la tele a todos esos macarras bailando en Hacienda, mejor hubiese sido no tener parabólica, habríamos sido muy felices en la estulticia de los ochenta y quizás ahora no tendríamos ese asco tan patológico por la música española. 

Sí, definitivamente la parabólica tuvo la culpa de todo, digamos que fue el principio, muy tímido, pero principio al fin y al cabo. Sólo cuando se sale de un agujero empieza uno a preguntarse qué demonios hacía allí dentro, y en el negro agujero de la música española todo tenía un tufillo populista y vulgar que nos irritaba, ahora la cosa ha evolucionado a peor y ya no nos irrita porque no somos tan pasionales como antes, hemos llegado a una conclusión tardía: criticar lo vulgar es en si misma la más vulgar de las costumbres. Pero estábamos hablando de la parabólica, esa que nos permitía asomar la puntita de la nariz por la música anglosajona, la de las islas claro, olvidemos las barras y estrellas por tan solo un momento. 

Como siempre ocurre en esta España de pandereta la cultura Rave llegó ya trasnochada a nuestras costas, a principios de los noventa, para colmo la transformamos en un movimiento muy chungo y castizo, de muy mal gusto: la ruta del bakalao. Aquí apaga y vámonos, aún sufrimos sus consecuencias….. Pero joder, qué bien suenan los Happy Mondays, que alegría que me dan, le entran ganas a uno de salir a la calle y mear encima de un coche tuneado.

Pasé por el despacho de la becaria  y examiné su mesa, allí reposaba lustroso,  a pesar del desorden que gobernaba el resto del escritorio, el  último libro de Isabel Allende con la portada bien visible.

-   Es muy triste – comentó.

Estaba de espaldas a mí , fingiendo ajetreo mientras revolvía unos papeles en el archivador     

- Acaba muy mal.

-   ¿El qué?

-    El libro.

-    ¿Qué libro?

-     El que te has quedado mirando, el de Isabel Allende

-     ¡Ah!, no, ando buscando unos adhesivos, voy a tejuelar.

-     Claro – dijo– enseguida te paso unos.

The Doors Summer´s Almost Gone

Estábamos Jeremías y yo acodados en el mostrador del café Gijón, recogiendo las cenizas del verano, contemplando somnolientos el puesto inhabitado del cerillero anarquista. Jeremías se revolvió en su banqueta y se acercó a leer la placa: “Aquí vendió tabaco y vio pasar la vida Alfonso, cerillero y anarquista. Sus amigos del café Gijón “, luego regresó para apurar su chupito de hierbas.

Serían las tres de la tarde, finales de verano. El café nos había recibido con una bofetada de silencio acentuada aún más por su aspecto sucio y avejentado, la ausencia de decoración era alarmante, de una austeridad incómoda, llena de lamparones y puntos ciegos. A veces una bombilla, o la salpicadura de una placa de latón rememorando el nombre de gente que ni el loco ni yo conocíamos. Para colmo el aspecto de sus baños no difería mucho al de una letrina de estación.

Nos estábamos preguntando si aquello formaba parte de un plan prefabricado, si pudiera tratarse de un brillo de sobriedad española para deslumbrar a los turistas europeos, esos que toman Madrid y sudan en sus tabernas y espectáculos nocturnos mientras su extenuada población ha emigrado a la costa en estampida.

El caso es que allí estábamos, recogiendo las cenizas del verano, y observando el traqueteo desganado de los camareros, hombres galantes y canosos, todos uniformados y al borde de la prejubilación.

La mayoría de la clientela se repartía por la terraza de Recoletas, en el interior apenas dos mesas ocupadas, una por un turista alemán que le estaba dando la merienda a una de sus hijas, y la otra por un figurín español, muy estirado y acompañado de una mujer de unos treinta años, vestido ceñido, pose chulesca, muy segura de gustar.

De manera que allí estábamos, recogiendo las cenizas del verano, mientras fuera la gente se arracimaba por la Castellana para ver la última etapa de la vuelta ciclista, mientras las niñas guardaban sus bikinis en el armario y cubrían resignadas su bronceado con los primeros fríos de septiembre.

- El verano es a las mujeres lo que la navidad a los niños– le dije a Jeremías.

 - Adiós verano, adiós -, recitó mientras el camarero le reponía el vaso de chupito.

 

Bob Dylan Rainy day Women

Cuando me asomé a la ventana para contemplar el final de la tormenta no encontré nada insólito en el paisaje. Hacía apenas unos minutos que el viento y la lluvia lo habían dejado todo patas arriba, - una molesta alianza – pensé mientras observaba al anciano que parado junto al paso de cebra intentaba reparar la concha mutilada de su paraguas. Tras forcejear con el mecanismo el hombre había optado por desprenderse del amasijo de varillas lanzándolo a un contenedor, luego había desaparecido por una esquina,  maldiciendo, y en ese punto cesó la tormenta pero el viento se había quedado incordiando a las ramas de los árboles.Contemplé luego la plazoleta, con mi recién estrenado título bajo el brazo y no sentí ni un atisbo de emoción, absolutamente nada, salvo pereza y ganas de emborracharme.  Un nutrido grupo de niños reanudaban sus juegos allí abajo y las palomas volvían a batallear sobre las migajas esparcidas por el suelo, más allá el cielo cobrizo abrigaba al paisaje invernal, desapareciendo en un horizonte brumoso, casi inalcanzable,  allá donde el sol de las cinco se difuminaban entre la niebla que pronto lo envolvería  todo.Pasaban coches, de los portales salían racimos de  gente retomando el trayecto malogrado por la tormenta. La tarde se quedó suspendida entre el aroma a eucalipto y tierra mojada. Me acordé entonces del judío errante y busqué el Blonde on Blonde entre los discos que ya estaban criando polvo en el estante. Tenía una melodía pegada en los labios que me había acompañado durante todo el día, cuando Dylan empezó a cantar voceé con él el estribillo: “ But I would not feel so all alone, Everybody must get stoned

 

Carlos y el ruido 

Lo llamaré Carlos, por respeto a su intimidad, aunque todo el mundo le conoce por su segundo nombre, ese con el que de pequeño jamás se presentaba a los desconocidos. Desconocía si ahora seguiría practicando esa costumbre, anoche me enteré de que sí, sigue haciéndolo….

Como era habitual estábamos en su cuarto, construyendo una montaña de colillas y apurando el whisky de su padre, quien de vez en cuando asomaba por la puerta, soltaba un chascarrillo, y nos lanzaba con complicidad un paquete de Winston. De casta le viene al galgo, y el galgo de Carlos corría apurado, ya lejos de las faldas de mamá, y cada día estaba más delgado, y le había dado por vestir de negro y escuchar música hipnótica.

En el cuarto de Carlos habíamos aprendido muchas cosas, sobre todo a fumar cien cigarrillos, entre aguas de borrajas y convicciones de cemento. En sus paredes se habían cerrado tratos y alguna que otra promesa, allí se labró el futuro de lo que no hemos llegado a ser, pero sobre todo dentro y fuera de su cuarto habíamos hecho algo muy importante: crecer juntos, amarrados a la misma sombra de tránsito y peteneras, porque en realidad se trataba de eso, días de tránsito, acumulando visiones sin saber muy bien por donde andaban nuestros pasos ni mucho menos donde nos llevarían.

Tan despreocupados e insolentes nos habíamos vuelto que algunos conocidos que nos veían por la calle ya empezaban a eludir el saludo. Nos gustaba sacar de quicio a la gente, levantarle las enaguas a la noche, esa puta decolorada que se cocía en oscuros sumideros en donde la tarea más gratificante era follarse a tu propia sombra. El resto del mundo era tan aburrido que habíamos decidido darle la espalda, por eso no transigíamos con nada ni con nadie, nos bastábamos a nosotros mismos y nunca era suficiente, nunca ha sido suficiente.

En el cuarto de Carlos yo solía sentarme sobre el rebujo de una cama sin hacer y él en su sillón ergonómico, a los pies de su IBM.  Un poster de Mark Knofler presidía hierático la escena, también había una lámina con el mapa extendido de la Tierra Media y una librería en donde Maquiavelo compartía espacio con las tazas de café, con los libros de la segunda guerra mundial y las gorras mutiladas por el sol, con los mecheros gastados y los corchos de botellas míticas, aquellas estanterías eran tan disparatadas y entretenidas como los recuerdos que albergaban

Cuando Carlos abría la puerta de su armario para ponerse su abrigo de oficial de las SS Elena Christensen sonreía coqueta desde allí y alguna que otra Play-Boy mal escondida venía a caer al suelo, junto a sus botas de motorista, siempre lustrosas y bien cepilladas.

Cazadora y botas le daban a Carlos un aspecto muy marcial y respetable cuando se paseaba por la calle, con esa solemnidad tan rígida que le caracterizaba y le sigue caracterizando. Porque Carlos no era muy consciente por entonces, pero siempre ha sido todo un carácter, incluso cuando ya estaba despuntando ese tipo hermético y exigente que ha llegado a ser.

A pesar de su fachada severa también tenía sus momentos íntimos en los que te abría su libro de familia o te ofrecía la lectura de sus Estados Superiores de Conciencia, un cuaderno en el que iba anotando tránsitos y escapadas, pero sobre todo viajes de vuelta.

 Entre aquel ambiente de su cuarto en ocasiones se colaba del patio interior el chunda chunda del vecino, siempre a excesivo volumen, muy ofensivo y molesto para nosotros.

Entonces Carlos miraba la ventana con desprecio y mascullaba aireado algún insulto para el vecino, aprovechando cuerda arremetía contra el mundo y terminábamos los dos dándonos la razón hechos un ovillo de comunión fraterna, brindando por nuestros vicios coyunturales y nuestro espíritu trasgresor.

Aquella tarde Carlos decidió darle una lección de ruido al vecino de abajo……

Bueno, pues aqui estamos otra vez. El blog ha quedado un poco mutilado y los ultimos articulos se han perdido, afortunadamente tengo una copia de seguridad, para colmo no se que le pasa a mi teclado ( notese la ausencia de acentos en este comentario ), es para morirse de risa.......

Bryan Ferry Don´t Stop The dance

Doña Barbitúricos se consolaba pensando que algún día un príncipe azul vendría a rescatarla del tedio, mientras tanto pasaba la vida y algunos la acechaban por las esquinas, esperando que los salpicara algún resquicio de su perversidad sexual – esa que a golpe de boca a boca había tomado cuerpo en los mentideros del Instituto - .

Doña Barbitúricos tenía una imponente mata de pelo y una boquita de piñón que silbaba distraída, - una boquita desvalida por la falta de brillantez – decían algunos.

Mientras silbaba doña barbitúricos, muy segura de gustar, nos dejaba asomarnos a su escote, porque doña Barbitúricos tenía un generoso escote  pero muchos complejos, y además hacía preguntas tontas que detonaban las carcajadas de la pandilla. Al final optaba por quedarse en silencio, rumiando sus meteduras de pata, a esas horas en que los camareros barrían con premura el piso del café y las niñas se reían por nada.

Pero Doña Barbitúricos no se dejaba intimidar por sus complejos, quería ser artista, y empezó con el piano por imposición paterna. El piano terminó por servirle de apoyo a un acuario lleno de peces multicolor, porque doña Barbitúricos se había cansado de tocarlo a los dos años, ahora quería ser veterinaria, cumplir con labores sociales, y le gustaban los peces, adoraba los elefantes y las mariposas.

 Doña Barbitúricos tenía manitas de porcelana y fumaba porros muy afectada, tal y como había visto hacerlo en las películas. También tenía sus particularidades, de pequeña le habían regalado una muñeca y en un acceso de rebeldía le había cortado el pelo de estropajo y la había lanzado sobre un armario. Su padre, alarmado por tan extraño comportamiento, la llevó en volandas a un loquero. Desde aquel día doña Barbitúricos se sorbía los mocos cada jueves en unas sesiones de relajación muy gratificantes, y muy caras también, de la mano de un psicólogo que terminó abordándola en su consulta cuando ya le habían despuntado los pechos.

 Como terapia de choque su padre - ilustre profesor local-  le leía la Biblia por las tardes al calor de una botella de Ginebra.  Su madre los había abandonado a todos el día de su primera comunión y no había dado señales de vida en siete años. No me extraña.

Quizás por aquello Doña Barbitúricos le abría sus piernas de cristal a los personajes más lerdos de la noche, los mismos que luego se iban dando baños de vanidad por los mostradores, contando que la muchachita era un volcán en la cama y que follaba como si le fuera la vida en ello para  luego dejarla arrojada por cualquier esquina y desaparecer.

Lo peor era que luego tocaba soportar sus llantinas y sus ataques de pánico durante aquellos domingos de resaca,  cuando pasada la tormenta erótico- festiva del sábado doña Barbitúricos echaba en falta sus bragas y reunía a toda la pandilla para desahogar su culpa, - la desinhibición ya había sido desahogada la noche anterior -.

Pero bueno, doña barbitúricos salía airosa de cualquier penalidad, era una muchachita moderna y allá donde soplara el viento ella estaba la primera.

Una vez pintó un cuadro que sólo le gustó a ella,  lo rompió en otro acceso de rebeldía. Entonces decidió ser escultora y de aquella faceta extrajo la fabricación de jabones artesanales. Como doña Barbitúricos siempre andaba apurada de dinero decidió montar un tenderete en una calle céntrica para venderlos, y no le fue del todo mal, alguna que otra señora se llevó aquella tarde una pastilla de Romero a su casa para retrasar la menopausia.

“ Frótesela alrededor del pubis dos veces por semana, si le aplica una mezcla de Almíbar tiene efectos afrodisiacos, su marido estará satisfecho” – y doña Barbitúricos se retiró a su casa aquel día muy feliz,  contando las pesetas que le habían dado sus jabones.

A los cuatro días le llegó una denuncia del Ayuntamiento, a doña Barbitúricos se le había pasado pedir a las autoridades una licencia de venta ambulante, era muy despistada, todo le salía mal.

Pero ahora doña Barbitúricos se pasea por las calles con un mochuelo que la dobla en edad. Hace dos meses visitó Kenia y vivió una experiencia estilo Cielo Protector, sigue siendo artista.

Una vez estábamos en su casa y sonó una canción.

-         Coño – exclamé- ,  Bryan Ferry. Me gusta mucho.

-         Pssss – musitó doña Barbitúricos –mi padre me lo pone después de leerme la Biblia.

 

Para el loco y todos los que aprecian a Springsteen vaya mi canción favorita, me faltan los dedos de la mano para contar los años que llevo sin escuchar Tunnel of Love, y eso que anduve una temporada sin hacer otra cosa más que ponerlo una y otra vez. 
Buena cosecha la del 87,  si se me apura única, ya pondré una lista de discos publicados aquel año, entre otros The Joshua Tree.


Bruce Springsteen The river

Vengo de un valle en el que cuando eres joven te educan para hacer lo mismo que tu padre”, y luego la historia se desmadra con su final predecible, la chufla de siempre, el estilo de vida americano que no nos cuentan los anuncios de Coca-Cola, sólo el tío Bruce, que sabe de lo que habla, le levanta a su bendito País las enaguas de la autocomplaciencia , “ No hubo sonrisas de boda, ni paseo hacia el altar, ni flores, ni vestido de novia, aquella noche fuimos al río y en el río nos zambullimos, en el río hicimos el amor”, y aquí Angelito asentía, mientras repasaba con un trapo los berretes de una copa de vino, y luego otra, y otra, y otra.

 Su padre lo había obligado a trabajar en su bar. En las últimas notas sólo figuraban suspensos y faltas de asistencia, así que el chaval cumplía condena tras el mostrador, lapidado por los chascarrillos de los parroquianos y los gargajos de los jubilados. “Tengo un empleo en la construcción para la compañía Johnstown, pero últimamente no hay demasiado trabajo dada la economía”, y Angelito cerraba el bar apesadumbrado por el esfuerzo, silbando agotado The River, pero dichoso tras haberse ganado un sueldo que aireaba luego al abonar las copas. Nos quedábamos miopes mirando los billetes en su mano, te ofrecía un Marlboro, dos, tres, y te hacía sentir bien con su indulgencia – ya te tocará ganarlo algún día- sentenciaba cuando hacías ademán de pagar.

Al río, aunque sé que el río se ha secado, al río, mi chica y yo en el río hacemos el amor ”.

Al río fui con Angelito una vez, cuando en un arrebato de desamor quiso lanzarse desde el puente al curso frío y sereno de la noche. El condenado forcejeaba mientras intentaba alcanzar el antepecho y yo lo sostenía sin mucha convicción, consciente de que no iba a ser capaz de dar el salto pero asumiendo el papel que su resentimiento aquella noche me asignaba.

Ahora Angelito no tiene arrebatos adolescentes, supongo que cuando se echa a dormir  siente el arrullo del río en sus sueños, supongo que aún sigue poniéndose The River  cuando necesita dosis de nostalgia, las pocas que pueden permitirle sus dos hijos pequeños o las obligaciones del día mustio que siempre acecha para mañana.

Bruce podría contar su historia en una canción mucho mejor que yo, así pues, que suene The River, y a callar….

Os presento a mi pequeñín, aunque ya tiene cinco años,  dentro de uno le toca trasplantado.
Ha sido un antojo, conducía por el camino viejo y me he parado en el vibero. Es el Bonsai más batallero que tenían por allí, mimos los justos, besos con cuentagotas, aunque sus hojas necesitan al menos una vaporación diaria.
Igual en primavera le sale flor y en verano da fruto, eso dependerá de los cuidados que le suministre. Apuesto a que no se me muere, mantenerlo lustroso tiene sus sacrificios pero por cojones que no se me muere.
Aún no tiene nombre, acepto sugerencias pero ninguna broma, se trata de un ser vivo, no lo vayáis a abrumar ahora que bastante tiene con su dueño.

Nombre común: Carmona Microphylla

Nombre Botánico: Erethia Microphylla o Eheretia Buxifolia.

También conocido como árbol del té de Fukien.
Como véis necesita un mote cagando leches.

P.D: La foto no es muy buena, que me perdonen los puristas del Fotochop, a mí la fotografía siempre me la ha traído floja.

The Smiths There is a light that never goes out

N. es muy generosa, y a veces compra para los dos un cheque bancohotel que vamos deshojando durante el invierno en Salamanca, ella inclinada por ciertas tiendas y yo por la ruta de tapeo y culos inquietos de su noche eternamente joven.

 Siempre nos ha gustado sentarnos en una mesa del Puerto de Chus para tomar una copa antes de que la humanidad lo llene de pesadumbre y vulgaridad, cuando es posible ir al baño sin llevarse un codazo o un pisotón, cuando la música que suena es realmente eso: mú-si-ca. Y se nos va la última copa canturreando canciones en las que nos vemos reconocidos, sentaditos en esa mesa, bajo un falso porche del que nos retira siempre el mismo chavalito enjuto, pues viene la chusma, y hay que dejarle sitio a las piezas de la manada.

En el puerto de Chus me he encontrado muchas veces con N. como si fuera la primera vez, aunque ella no lo sepa, mientras canta a los Smiths con esa boquita de pomelo, y me traduce la letra de la canción, demoledora y exquisita, y me anima con arrumacos, ya un tanto chispa, para que le pida otro Absolut Limón al camarero.

And if a double-decker bus crashes into us to die by your side Is such a heavenly way to die. And if a ten-ton truck kills the both of us to die by your side, Well, the pleasure - the privilege is mine

Mucha tela.....

 

Smashing Pumpkins Soma

Los pirados se mudaron al centro, encima de discos K, a un cuchitril húmedo y frío en donde los azulejos de la cocina lloraban grasa, el retrete cucarachas y el suelo cáscaras de frutos secos.

Había un hedor insoportable a fritanga y a sudor. El suministro de agua caliente tardaba siglos en alcanzar los grifos, una estufa de gas tóxico caldeaba el ambiente del estudio en donde un catre eternamente deshecho se ocultaba tras un biombo.

Una vez nos dio por hacer ruido allí, a Chema se le antojaron unas lentejas a las 3 de la madrugada y se metió en la cocina masticando uno de sus brotes esquizofrénicos, el resto nos quedamos en el salón regándonos con whisky. Y bebimos, como si nos fuera la vida en ello, para terminar lanzándonos a la cabeza todos los objetos del cuchitril, hubo algunos destrozos y un par de magulladuras.

Al día siguiente volví con el loco por la tarde, aquella era la casa de Dios, sus residentes nos habían dado una copia de las llaves y entramos sin llamar. Estaban los dos dormitando en medio de un sitio en el que parecía haber caído una bomba.

En el suelo del recibidor tropezamos con una carta manuscrita por el casero con amenazas de desahucio y denuncia. Acto seguido abrimos las persianas para ventilar la resaca y retirar la camiseta que la noche anterior habíamos anudado en los barrotes de la terraza, aquí vive gente – citaba la camiseta. El casero lo suscribió en la carta,  se daba por hecho que allí vivía gente, pero teníamos que hacerle el favor de retirar la camiseta de allí.

Cuando los residentes se despertaron tuvimos que ayudarlos a recoger aquel destrozo. Estuvimos toda la tarde recomponiendo el desastre. Para amenizar la faena pusimos el Siamese Dreams,  el único disco que había en el cuchitril.