Una fábula
¿Hace cuánto que no os cuentan una?
Cuentan que en cierta ocasión un asirio fue a pedir trabajo como portero a la pirámide de Kefrén. El capataz que guardaba el monumento lo miró de arriba abajo.
- ¿Sabes leer? – preguntó.
- Lo siento – respondió el asirio – no sé leer.
- Entonces tendrás que buscarte otro trabajo.
El asirio volvió sobre sus pasos y se sentó bajo la sombra de un árbol. Contempló entonces el flujo de visitantes que se reunían a los pies de la pirámide. Durante el día que paso allí vio transitar a mucha gente. Unos llegaban a pie, otros en lujosas comitivas, pero todos se quedaban boquiabiertos cuando aquella estructura se levantaba frente a ellos ocultando el sol.
Aquella noche el asirio se dispuso a dormir bajo el arrullo de las estrellas y cuando ya casi le vencía el sueño empezó a barruntar una idea. Se le ocurrió fabricar réplicas en miniatura de la pirámide, las vendería a los visitantes por pocas monedas y estos podrían llevarse a sus casas un recuerdo de su estancia en aquel lugar.
De manera que pasó la noche en vela, recogiendo barro para modelar una decena de pirámides en miniatura. Su idea fue todo un éxito, al día siguiente vendió el género por completo, así que el asirio pasó un mes entero desvelado, fabricando piezas para venderlas durante el día.
Con el dinero acumulado montó un humilde puesto a los pies de la pirámide, ahora las réplicas eran de mármol y tuvo que contratar a un ayudante para su manufacturación. Con la llegada del invierno había recaudado tanto dinero que compró y reformó un cobertizo abandonado junto a la base de la pirámide, en su día había sido destinado a almacén de herramientas para la construcción del monumento y su espacio era tan amplio que permitía la entrada de unas tres decenas de personas.
El verano siguiente acaudaló cuatro veces la fortuna del anterior. Su tienda había alcanzado mucha popularidad, no solo vendía replicas de oro de la gran pirámide, también jofainas, esculturas y lujosas pedrerías. Ahora contaba con cinco empleados para su servicio y había premiado la fidelidad de su primer ayudante nombrándolo contable del negocio. El asirio había decidido formar una familia y contrajo matrimonio con una muchacha adinerada de los alrededores, lejos de preocupaciones acostumbraba a dar largos paseos durante la tarde.
Un buen día, paseando por la pirámide con su hijo recién nacido, se topó con el capataz. El hombre lo volvió a mirar tal y como lo había hecho años atrás, de arriba abajo.
- Parece mentira – exclamó el capataz –, sin saber leer mira donde has llegado. A saber donde estarías ahora si hubieras sabido leer.
- Si hubiera sabido leer ahora estaría en la portería de la pirámide señor.