HELTER SKELTER

La expresión helter skelter no tiene una traducción literal al español. El significado más aproximado equivaldría a ‘frenético’, ‘atropellado’, ‘agitado’, cualquier acto o movimiento que se ejecuta sin ningún sentido ni causa aparente.
Helter Skelter puede ser la hostia que te meto, cuando me tocas los cojones, el tifón que levanta tres manzanas de casas o el discurso incoherente del borracho. A elegir.
También es el nombre de un tobogán en espiral que se puede encontrar en los parques británicos, incluso en ocasiones la expresión se usa para calificar el desorden, la inercia, o una fuga en desbandada.
Helter Skelter es una de esas canciones con historia universal y leyenda aún viva, trono reservado a muy pocas, dicho sea de paso.
Somos conscientes, y más por estos sitios, de que todas las canciones tienen una historia particular que a nosotros ahora no nos ocupa, es más, nos resulta del todo indiferente lo que sonaba en aquella verbena de verano (el puto verano de tu vida), cuando aquella muchachita se dejó hacer bajo las faldas.
Helter Skelter. Sí. Decíamos.
Los Beatles la compusieron para su WHITE ALBUM, 1968, durante una noche regada de alcohol y drogas (18 de julio, Abbey Road).
Paul McCartney quiso ‘disculparse’ con esta canción por su fama de compositor de temas lentos. Siempre fue muy vanidoso, con ese puntito flemático y amariconado que a mí me sigue sacando de quicio. El gran lord, tan distante del resto, nunca encajó demasiado bien las críticas que le apuntaban como el rostro ñoño de los Beatles.
Unos días antes de meterse en el estudio había leído como la prensa ‘especializada’ arremetía contra un tema de los Who calificándolo de esquizofrénico, así que decidió superar el desafío y darle una vuelta de tuerca más a esa forma tan peculiar de rasgar las cuerdas.
Como siempre ocurría se les dejó total libertad, eran los Beatles, se les permitía todo en el estudio de grabación, así que aquella noche se descontrolaron y empezaron a componer.
Cuentan que Lenon, bastante pasado de ácido, montó pequeñas piras en el estudio de grabación mientras grababa esos alaridos tan característicos de la canción. La batería se desbordaba por todas partes, hubo que superponer dos grabaciones de percusión, pero los riffs se dejaron como estaban.
A parte de ser la canción más agresiva de su extenso repertorio también es la de mayor duración: la original dura el lisérgico recorrido de 27 minutos. La que ha llegado hasta nosotros es una versión muy reducida que hubo que adaptar a tamaño convencional para su inclusión en el White Album.
La versión de 27 minutos jamás se ha emitido en público, esto alimenta la leyenda, claro está, porque la cinta existe, y mientras unos aún se andan preguntando por qué no ha salido a la luz, otros donarían al menos uno de sus testículos por escucharla.
La letra ha sido interpretada de muchas maneras, aunque Lennon, desmitificando un poco el asunto, declaró que se trataba de una evocación alucinógena de un viaje en tobogán o la sensación que provoca el descenso por una montaña rusa.
Sin ninguna duda, quien mejor o peor supo asimilarla fue Charles Manson.
La expresion “Helter Skelter” fue pintada con sangre de las victimas en las paredes de la mansion de Roman Polanski durante el asesinato de Sharon Tate y otros amigos en 1969, asesinato organizado por Manson, quien a la postre declaró haber utilizado la canción como inspiración de la matanza
Manson habló de ella durante su juicio, para él era la expresión del holocausto por venir y una digna manera de ejemplificar el alzamiento del pueblo negro contra el blanco.
Bendito Manson, te metería en la casa de algún compositor moderno para que montaras allí tu simulacro de holocausto con sus intestinos…..lástima de tercer grado….dichosos americanos.
U2 la recupera en 1988, tras el pelotazo del Joshua Tree. Suelen interpretarla durante ciertas noches y la banda decide rodarla en para abrir su película-documental RATLE AND HUM.
Unos años después, recorrido el tobogán de arriba abajo, un tipo de Medina decide entrar en un salón de papel albal con ella. Mesas corridas, rostros abotargados, el peso de una decisión que quizás sea Helter Skelter, o quizás no. En todo caso exquisita elección.
Con dos cojones.
Charles Manson robó esta canción a los Beatles.
Nosotros la hemos recuperado
Cuando llego al fondo
Vuelvo de nuevo a lo más alto del tobogán
Donde me detengo, y vuelvo,
Y me voy a dar un paseo
Hasta que llego al fondo otra vez
Y te veo de nuevo
¿No quieres que te ame?
Estoy descendiendo muy deprisa,
Pero estoy a millas de distancia
Por encima de ti
Dime, dime, dime, venga, dime la respuesta
Bueno, puede que seas un amante, pero no eres un bailarín
Atropelladamente, atropelladamente, atropelladamente
SE VA...

Ya se nos va, pensando quizás en ese último cigarro, el letal, el que lo ha tenido amarrado a la cama de un hospital todo este tiempo, quizás se marcha imaginando que conduce un Porsche sobre el asfalto de Daytona. El motor ruge bajo sus pies, la tribuna se estremece. Allí, aún lejos, lo está esperando la gata sobre el tejado de Zinc. Piensa agarrarse a su talle, no queda más remedio. La gata araña ahora, pero promete un final dulce, sin dramas, ni alivios de caricias. Miserable gata, préstale una de tus vidas. Pero ya es tarde, y él desea morir en su casa, lo tiene todo arreglado. Serán días, no llegará a cuatro o cinco semanas. Cuando todo termine pleitearán por sus últimas voluntades. Hienas, mercenarios, hijos de puta que lo fotografían a la salida del hospital montado en una silla de ruedas. Me cago en Brad Pitt, Tom Cruise y demás calaña mediática, me cago en los putos actores independientes, en los argentinos y en los bodrios asiáticos. Aprended mariconas de mierda, se va uno de los grandes, y a mí me jode. Mucho.
QUIJOTE

Hubo un tiempo definido, apuesto siempre por él, no por la falsa asimilación de ahora. Tiempo: cambio, evolución, degeneración. Hubo un tiempo, digo, en el que pensé que la literatura podría salvarme y ayudarme en eso de entender el mundo.
Caí en la trampa. Pensé que la literatura lograría compensar todo aquello que me escamoteaba una vida insuficiente que nunca me gustó vivir.
En ninguna de sus absurdas manifestaciones me veía integrado. Todo cuanto me rodeaba se me antojaba absurdo e irritantemente vulgar. Era una actitud muy ingenua, la verdad, que afortunadamente ya no me acompaña.
Hasta hace bien poco he comentado con orgullo que mi relación con los libros comenzó cuando ni tan siquiera había aprendido a leer. De niño usaba los volúmenes como entretenimiento para mis juegos. Apilaba los libros en torretas para saltar sobre ellos o para construir fortines inexpugnables de papel.
En aquel cuarto de juegos de la casa de mis abuelos, en aquel ambiente de sordidez literaria, en algún maldito momento debí abrir el primer libro dispuesto a dejarme embaucar. Quizás mi ánimo estaba ya predispuesto antes de que leyera la primera línea. A mí la vida me dolía, y me sigue doliendo, lo que ocurrió fue que la literatura acentuó aún más todos los males que yo atesoraba.
Tempranamente llegué a pensar, - ya infectado de cierto desencanto-, que la literatura me estaba curando, pero ahora que lo pienso era realmente espantoso levantarse deseando ser un insecto rechazado, eso no es ser un buen lector, eso es ser un idiota influenciable.
La primera hostia que se llevó mi vanidad lectora fue una tarde de domingo, en el desaparecido café Maravillas.
Allí nos habíamos citado - dos semanas empezado el primer curso universitario - aquellos que salíamos de nuestros cuartos empapados de candidez y de literatura. Descubrí que había gente mucho más leída que yo, aunque la mayor parte de nosotros nos esforzamos aquella tarde en resultar interesante para el resto. Ahora que lo pienso estábamos realmente infectados, enfermos de literatura.
Todos y cada uno de nosotros portábamos una insignificante historia, libros de familia convencionales, sin sobresaltos, ninguna muerte de por medio, ni dolores de muelas, ni accidentes de tráfico.
Estrenábamos nuevo viaje con las maletas vacías y los ojos como platos. En el rostro de cada uno yacía calcada la misma expresión lerda y devota de una vida por estrenar.
Aquella noche, ya en la cama y dispuesto a dormir, sentí el arrullo de nuestra conversación en mis sueños y tuve como un calambre estremecedor. Por enésima vez en mi vida me sentí satisfecho con mis actos y caí en el sueño de los justos, o de los imbéciles. Que todo tiene su vuelta de hoja, mire usted.
En cierta ocasión intenté escribir una novela sin tener la menor idea de lo que quería contar. El resultado fue un puñado de párrafos inconexos en los que había pretendido fallidamente contarlo todo.
Como nunca me había parado a determinar la estructura, ni mucho menos un hilo argumental, empleé semanas intentando reparar aquel desastre.
Intenté cohesionar los párrafos, eliminé los adjetivos y aclaré fallidamente una sintaxis tan abrupta que apenas era capaz leer en voz alta cualquier frase sin perder el aliento.
Después de un tiempo, cuando todo el desastre hubo terminado, almacené todo en un archivo de ordenador y no volví jamás a aquellas páginas.
Entre tanto algunos me ofrecían sus textos para que los leyera. Confiaban en mi experiencia lectora, ¡ja!, y aguardaban mis recomendaciones con la intención de mejorar su estilo. Yo descubría, un tanto apesadumbrado, que ellos tenían estilo, yo no, ellos tenían ritmo, yo no, ellos tenían cosas que contar, yo, lamentablemente, NO.

ENTREVISTA A RICTUS, VICEMINISTRO DE LA ECONOMÍA DE SU CASA
Las cinco de la tarde. Rictus nos recibe en el salón de su casa. Parece tranquilo, aunque nos apremia para que acabemos la entrevista cuanto antes, según parece tiene que ir al Carrefour a comprar un poco de leche y aceite.
Después de unas frases protocolarias tomamos asiento.
¿Cree que la vivienda deja de ser el refugio del inversor?
Por supuesto, conozco un caso de alguien que no vende su casa ni para atrás, lleva al menos dos años intentándolo y ya ha rebajado el precio de venta en un par de ocasiones. No lo consigue. El otro día he leído un artículo que decía que los constructores de yates se resienten con la crisis inmobiliaria. Vivimos en un País de ostentaciones, los narcos del ladrillo se han comportado como auténticos idiotas. Tener un yate era su síntoma de distinción. Ahora muchos esperan en puerto seco, cellisca de un día de fiesta. Una pena.
El precio de la gasolina se dispara. ¿Advierte sus síntomas?
Evidentemente. Cada vez se hacen menos kilómetros repostando la misma cantidad de dinero. Yo a diario me desplazo unos 40 kilómetros hasta mi lugar de trabajo y soy cliente asiduo de las gasolineras.
El otro día observé a un individuo repostando ocho míseros euros. Lo más curioso era su aspecto, camisa de corte, reloj llamativo y cabello con brillantina, es decir, el típico tío que aparenta llevar doscientos euros en la billetera, pero lo realmente increíble era su coche: un BMW, supongo que en propiedad de su caja de ahorros.
Aquí rictus hace un gesto de mofa
¿La cesta de la compra se encarece?
Sí, es una realidad. Una docena de huevos, seis litros de leche, un bote de Cristasol y dos litros de aceite = 10 €. Esto es incontestable. Le invito ahora mismo al Consumer de aquí abajo a que me haga el carro de un mes. De 150 euros no baja.
Cambiando de tema ¿Aumenta el paro?
Conozco al menos tres casos cercanos que se han quedado en la puta calle durante los tres últimos meses. El último la semana pasada. Un empleado de Renault que trabajaba aparcando los coches en el hangar de la factoría. Mujer, un hijo de dos años, hipotecado por supuesto. Una tragedia. Por cierto, venía del sector de la construcción, así que mal le pintan las escasas ofertas laborales cuando se disponga a buscar trabajo
Hablando de hipotecas. El Euribor alcanza en Junio la cota más alta de su historia. ¿Es preocupante la situación?
Yo solo puedo decirle que en mi última revisión la hipoteca se encareció 90 € con respecto a la del año anterior. He tenido que aumentar la orden permanente un par de veces, y sumando. Al final me consumirá la nómina. Para entonces supongo que habrá que salir a la calle a golpear cazuelas.
¿Apretarse el cinturón o comprarse unos pantalones más ceñidos?
Creo que es lo mismo. Al español le gusta marcar paquete sople el viento por donde quiera que sople. En mi caso la tengo pequeña y no me la veo por culpa de mi tripón.
Sube el recibo de la luz. ¿Alguna recomendación para el ahorro?
Por supuesto, poner la lavadora por la noche, o no ponerla sin más. Calcetines y calzoncillos con dos vueltas. Trucar el contador, apagar la televisión y cenar a la luz de un vela.
¿Son eficaces las medidas sociales de nuestro gobierno?
En absoluto, el IRPF de un mindundi no da ni para pipas, el de un Directivo te soluciona un mes de hipoteca. Nunca me ha beneficiado el gasto social. Jamás he disfrutado de una beca, por ejemplo, o de ayudas para la adquisición de mi vivienda, ni beneficios fiscales por ser joven, travesti, tullido o politoxicómano. A veces pienso que trabajo para subvencionarle el alpiste a gente que vive mucho más holgadamente que yo.
¿Sería el PP un gobierno eficiente y responsable con la crisis?
Ni por asomo, los ricos más ricos, los pobres siempre pobres. Le repito que nunca me he beneficiado de ninguna ayuda con ninguno de los gobiernos de este País.
¿Qué hace para afrontar la crisis?
Horas extras, pocas copas y comer patatas cocidas
¿Te irás de vacaciones este año?
Jajajajajajajajajaja
¿Cómo solucionarías la crisis en lo particular?
Montando un geriátrico.
¿Y en lo general?
Eliminando a la población inactiva por encima de los 60 años.
Para terminar. ¿Cómo ve el futuro?
Bien. Yo de política no entiendo

Todas las mañanas. La misma puta mañana, me dices. Pienso sin saber por qué que París huele como tu piel, a talco y alcantarilla.
Pasa un borracho, un negro en chándal, luego otro. Y los gorriones. ¿Qué me dices de ellos?. Míralos bien. Son prisioneros de las cúpulas, como tú. Algunos vienen a morir aquí, junto a los raíles de la Chapelle. Siempre es triste ver morir a un gorrión, ¿verdad?.
En uno de los bancos de la Rue de Rivoli hay un clochard que increpa a los madrugadores. Turistas japoneses. Las bocas de metro escupen gentes con vocación de bostezo.
Monet se lava los pies en el Sena, allí abajo, entre insulinas y bolsas de Mac Donalds. Cloacas, música de cañerías, el servicio de limpieza acaba de soltar las mangueras.
- Me emborracho hoy porque me espera una eternidad de privaciones – acabo de decirte. Y tú te has encogido de hombros. Has encendido uno de mis cigarros, con ese aire tan precario de actriz atormentada. Me has hecho pensar que en el cielo no hay putas, ni puestos de boquinistes para que los españoles compren burdas reproducciones de Lautrec.
A pesar de todo sigo paseando junto a ti, con mi veterano sombrero de fieltro. También lo llevaba ayer, y el primer día que puse un pie en esta puta ciudad. Han pasado cuatro años y siempre hay algún parisino encargado de ponerme en mi sitio. Incluso los perros callejeros rondan mi pernera para marcar su territorio.
París no se termina nunca. Nunca.
Ahora sonríes, mientras hablo de las noches en Le Dome y los almuerzos en la bastilla. Sonríes desde la planta de los pies, enseñándole a la mañana tus caries y la negra espesura de tu garganta. Pero todo es tan falso bajo este sombrero de fieltro…..todo es tan falso como tu sonrisa de alquiler. Creo que te pagaré lo convenido y te enviaré de vuelta al callejón donde te encontré.
Sí, allí debes estar, a las faldas de Notre Dame. Ese es tu sitio. Antes era un callejón sombrío. Tú eres aún muy joven, pero yo tengo una historia que contar a cada una de las putas de esta ciudad.
Cuentan que en cierta ocasión Henry Miller masturbó allí a una quinceañera que había conocido en el Marais. Antes de despedirse de ella terminó suplicándole que le diera sus bragas. La muchacha accedió, y Miller se las llevó a su casa, hechas un rebujo, dentro del bolsillo de su chaqueta.
Al cabo de dos semanas, durante una de sus visitas rutinarias al cementerio de Pere Lachaise, usó las bragas para retirar el musgo acumulado en el falo que presidía la tumba de Oscar Wilde. Después las arrojó al suelo y las pisoteó hasta que se hundieron bajo el musgo que se había desprendido de la lápida.
Aquella mañana, después de orinar sobre la tapia del cementerio y deambular por el observatorio dejándose los ojos en los culos de las oficinistas, decidió escribir Primavera Negra.

Querido diario, ayer por la mañana me levanté muy temprano. La muela me seguía dando guerra. El dentista me dijo que después de la endodoncia seguiría doliéndome unos días, así que no disparé las alarmas y me tomé un antibiótico de 800 mg que me tuvo apelelado gran parte de la mañana.
Por la noche fui con mi señora a cenar a un italiano. De camino al restaurante nos cruzamos con un todo a 100 abierto, así que decidí entrar para comprar una bandera de España de 2 x 1. El chino del mostrador, muy amable, me cobró 5 euros por la dichosa bandera.
En el restaurante pedimos una tabla de patés y quesos como entrantes, pan de ajo y una pizza de salmón. El comedor estaba lleno. A nuestra derecha había una despedida de soltera. Eran unas diez mujeres, ya entradas en años, vestían todas de riguroso luto excepto la novia, a quien le habían colocado una peluca de color fucsia y una camiseta con pollas dibujadas a mano.
Frente a nosotros había una pareja muy moderna, simulacro de los Beckham. Ella rubia de bote, excesivamente bronceada, con unas tetas supersónicas bajo una blusa blanca. No pude verle el culo, tampoco las piernas. Él parecía un cruce desatinado entre David Beckham y Nacho Vidal. Pecho-lata, pelo engominado con severos principios de pérdida, y serpientes tatuadas en los antebrazos.
Detrás de nosotros, junto al mostrador del restaurante, unas cinco personas de pie esperando su turno. Parecían buitres rondando la carroña de las mesas libres.
A nuestra derecha nada: la ventana. La verdad es que el sitio que nos reservaron no permitía muchas holguras.
El camarero era maricón perdido. Cuando le pedí la cuenta (mi señora estaba en el baño en ese preciso momento) me dijo – ahora mismo Rey – mientras me guiñaba un ojo.
Ya de vuelta a casa, mientras sorbía un granizado de limón en compañía de mi señora, nos cruzamos con un grupo de adolescentes que volvían del botellón.
Una viejecita que paseaba un caniche tuvo la mala fortuna de cruzarse en su camino. Los adolescentes, completamente turdas, increparon el aspecto del animal un buen rato. Ya cansados, cuando la viejecita desapareció por una esquina, continuaron su camino emprendiéndola con las papeleras y los contenedores.
La noche era fresca, pero el calor del resto del día se había quedado dentro de las habitaciones. Aproveché al llegar a casa para bajar al trastero y desembalar el ventilador.
Luego enchufé el ordenador y me bebí al menos dos litros de agua. Estuve un buen rato con la ventana del cuarto abierta de par en par. Había un fulano en la calle, dentro de su coche, esperando que bajara alguien del edificio. Debió de tirarse un cuarto de hora largo con las ventanillas del coche bajadas y todos los éxitos de estopa a todo gas. Yo esperé pacientemente a que su novia, su amigo, o su puta madre, bajara pronto y el individuo se fuera con su mierda de música a otro lado.
Debían de ser las dos de la mañana cuando decidí irme a dormir. Repasé entonces las tareas para hoy:
- Montar el ventilador.
- Poner la bandera de España en el balcón
- Ver el partido.
Hoy también he madrugado. He estado planchando ropa gran parte de la mañana. El ventilador está ahí ya listo para su montaje. La bandera preparada.
Y sí, querido diario, creo que estoy orgullo de ser español, pero que hay cosas en este dichoso País que no me hacen ni puta gracia, una de ellas, por ejemplo, los españoles.
CRÉETELO PAPÁ, JUGAMOS UNA FINAL
Los chicos del 75 nos merecemos una alegría. Fueron muchas tardes, muchos veranos, siempre con buen tiempo, los primeros calores, las persianas a media altura, las ventanas entornadas, la corriente que levantaba las cortinas. En la calle un silencio sepulcral, ni tan siquiera los perros rondaban por las sombras.
El cabeza de familia en el salón, frente al televisor, con la radio pegada a la oreja, maldiciendo a los chavales de la selección, o los goles de los contrarios.
Fueron tardes amargas, siempre terminaban mal, un nudo en la garganta que duraba unos minutos. El viejo lanzaba la radio sobre el sofá y uno volvía a su cuarto intentando olvidarse del asunto, un tanto avergonzado por el equipo de su País, siempre hincando la rodilla frente al extranjero avasallador, por mucha furia, quinta del buitre o tiqui-taca que los medios de turno quisieran inflamar.
A mí esto del fútbol no me levanta el peinado, pero cuando juega la selección el asunto es otro, las sensaciones son diferentes. Este equipo me pone cachondo, y la excentricidad de su entrenador también. Viejo sabio, conocedor del instinto español, corre a los vestuarios solo, con el rostro sereno. Me gusta esa actitud.
Imagino que mascullará la victoria en silencio, sin importarle una mierda que a las cámaras no les caigan bien los individuos inexpresivos. Al español de sangre caliente le gusta regocijarse en la alegría, pero también disfruta morbosamente de la desgracia. El viejo perro es consciente de que se está paseando constantemente por el filo de una navaja mediática dispuesta a rebanarle el cuello a las primeras de cambio.
Mientras tanto ahí están esos millonarios en calzones, macarras, chulos, iletrados, guapotes, incluso un negro al que no había visto jugar en la puta vida.
Me pone este equipo, es ganador, con él me cobro muchas tardes de verano, muchos nudos en la garganta, muchas ilusiones rotas.
Ahora hay una fiesta cojonuda en la calle, también me pone, qué cojones, ya era hora joder, ya era hora, que la gente lo celebre. Hay que follarse a una alemana antes del domingo.